La nueva película de Werner Herzog:

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Into the abyss
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La nueva película de Werner Herzog:

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La nueva película de Werner Herzog:

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Román Cárdenas fue galardonado con el Premio Mejor Director dentro de la Selección Oficial Argentina del BAFICI 2011, por su película Las Piedras.

Román Cárdenas en el BAFICI.
Aquí todos los ganadores…
La película Las piedras, de Román Cárdenas, ha sido seleccionada para la Competencia Oficial Argentina dentro del XIII Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI).
En una casa en el Delta, en una calma apenas interrumpida por el motor de las lanchas, una pareja vive casi sin cruzarse. Él es un escritor a la espera de palabras; ella es la empleada algo alienada de una fumigadora. Las crisis de la relación (con lo doméstico, con el otro, con la escritura, con el presente), parecen prolongarse en viajes personales que mezclan una interioridad introspectiva con un particular tránsito silente y algo hipnótico por el mundo. Hay un realismo contemplativo que lo contiene todo, en parte como mirada algo perpleja, pero también como forma de analizar una extraña corrupción donde lo ordinario se transforma, donde lo pedestre se refleja en las aguas ondulantes del río hasta exponer otro rostro. Pero un cambio de rumbo imprevisto en un personaje cambiará su vida y el tono de la película. Esta opera prima, dirigida, escrita y protagonizada por nuestro compañero Román Cárdenas, apuesta a una narración visual con breves irrupciones de las palabras, donde en lo cotidiano pueden convivir hasta confundirse el misterio, el absurdo y la revelación.
Román Cárdenas en “Las Piedras”.
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Días y horarios de proyección:
11 abril – 22:45 hs. | Abasto
13 abril – 13:30 hs. | Abasto
17 abril – 15:00 hs. | Cine-Teatro 25 de Mayo
…más información en BAFICI.
La nueva película de Béla Tarr:

A Torinói ló
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“No podemos comunicar la esperanza ni la salvación. Sólo podemos contar las cosas como las vivimos. Vivimos en un mundo terminado ya. Y las cosas que le ocurren al cochero, a su hija y al caballo, nos ocurrirán a nosotros tarde o temprano. Basta saberlo para que no seamos felices”. (Béla Tarr)
Pascuas
Una de mis mayores alegrías cuando era muchacho era oír a mi abuelo decir la palabra «Pascuas». Al decir esta palabra lo pronunciaba con tal sonoridad, que ya parecía como si uno estuviera en la fiesta de Navidad. Cuando pronunciaba aquella palabra lo hacía con una risa nada frecuente en él y en aquella palabra estaba contenida toda la alegría del mundo.

En las navidades de 1957 mi abuelo no dijo Pascuas; no hubo Pascuas. Las únicas que hubo fueron las Pascuas Sangrientas como dijo la revista Bohemia, debido a la cantidad de asesinatos políticos que en aquel mes cometió el gobierno. Se oían tiroteos; el terror ya era una cosa cotidiana. Casi toda la provincia de oriente estaba contra Batista, que salía huyendo porque los soldados eran, casi siempre, pobre gente que se moría también de hambre y no quería perder la vida por tan poca cosa. Pero tampoco se puede hablar de una guerra frontal entre los guerrilleros de Fidel Castro y las tropas de Batista; casi todos los muertos fueron los que mataron los esbirros de Batista: estudiantes, miembros del Movimiento 26 de Julio o simples simpatizantes de Castro que eran capturados en las ciudades, torturados y asesinados y luego tirados en una cuneta para amedrentar a la población y, sobre todo, a los conspiradores. Pero entre los soldados de Castro no hubo muchas bajas, como tampoco las hubo en el ejército de Batista. Cuando triunfó la Revolución, Castro habló de veinte mil muertos y esa cifra se convirtió en algo mítico, simbólico; sin embargo, nunca se han publicado los nombres de esos veinte mil muertos, ni nunca se van a publicar, porque no los hubo en esa guerra. En realidad, tampoco hubo una guerra, sino la reacción casi unánime de un pueblo contra un dictador; el pueblo se encargaba de hacer sabotajes y, sobre todo, de difundir la noticia de que los rebeldes eran miles y estaban por todas partes; lo que estaba por todas partes era el desprecio al régimen de Batista y, por eso, dondequiera aparecía una bandera del 26 de Julio; yo mismo una vez puse una de esas banderas. Batista era además un dictador torpe que tampoco ejercía el control absoluto y fue perdiendo el poder debido a la incesante corrupción entre sus propios aliados y las deserciones de los más honestos. También hay que reconocer que había una campaña popular contra Batista que a veces llegaba a los medios publicitarios. La revista Bohemia publicaba fotos y entrevistas de los rebeldes en la Sierra Maestra y también publicaba las fotos de los jóvenes asesinados por Batista. El New York Times apoyó desde el principio a Fidel Castro y, en general, era en Estados Unidos donde Castro y casi todos sus agentes podían conspirar libremente. Además, la burguesía cubana detestaba también a Batista, que era de raza negra, y apoyaba a Castro, el blanco, hijo de un hacendado español que había estudiado en una escuela de jesuitas. Fue precisamente el obispo más importante de toda Cuba quien le salvó la vida una vez a Fidel Castro. Antes de renunciar y largarse definitivamente del país, Batista ya estaba desmoralizado. Era un vividor y lo que más le interesaba salvar eran sus millones; la misma noche antes de partir dio una fiesta en el cabaret Tropicana. Unos años después, en París, Batista hizo unas declaraciones contundentes y muy irónicas refiriéndose a sus últimos años en el poder en Cuba; se dice que dijo: «Yo entré por la posta, salí por la pista y dejé la peste».
“Antes que anochezca” - Reinaldo Arenas
© Reinaldo Arenas
Foto: París, 1986 © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis
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Hoy se nos fue Maria Schneider, aquí la recordamos en ‘Professione: Reporter’ (‘El pasajero’, 1974), de Michelangelo Antonioni.











Maria Schneider
(27 de Marzo de 1952 – 03 de febrero de 2011).
Introducción
El fin
Yo pensaba morirme en el invierno de 1987. Desde hacía meses tenía unas fiebres terribles. Consulté a un médico y el diagnóstico fue SIDA. Como cada día me sentía peor, compré un pasaje para Miami y decidí morir cerca del mar. No en Miami específicamente, sino en la playa. Pero todo lo que uno desea, parece que por un burocratismo diabólico, se demora, aun la muerte.
En realidad no voy a decir que quisiera morirme, pero considero que, cuando no hay otra opción que el sufrimiento y el dolor sin esperanzas, la muerte es mil veces mejor. Por otra parte, hacía unos meses había entrado en un urinario público, y no se había producido esa sensación de expectación y complicidad que siempre se había producido. Nadie me había hecho caso, y los que allí estaban habían seguido con sus juegos eróticos. Yo ya no existía. No era joven. Allí mismo pensé que lo mejor era la muerte. Siempre he considerado un acto miserable mendigar la vida como un favor. O se vive como uno desea, o es mejor no seguir viviendo. En Cuba había soportado miles de calamidades porque siempre me alentó la esperanza de la fuga y la posibilidad de salvar mis manuscritos. Ahora la única fuga que me quedaba era la muerte. Casi todos los manuscritos sacados de Cuba habían sido corregidos por mí, y estaban en manos de mis amigos o se habían publicado. Durante cinco años de exilio también había escrito un libro de ensayos sobre la realidad cubana, Necesidad de libertad, seis piezas de teatro publicadas bajo el título de Persecución y le había puesto punto final a la novela El portero y a Viaje a La Habana, aunque cuando escribí esta novela ya me sentía enfermo. Lamentaba sin embargo tener que morirme sin haber podido terminar la Pentagonía, un ciclo de cinco novelas de las cuales había publicado ya Celestino antes del alba, El palacio de las blanquísimas mofetas y Otra vez el mar. Lamentaba también dejar a algunos amigos como Lázaro, Jorge y Margarita. Lamentaba el dolor que a ellos y a mi madre les iba a causar mi muerte. Pero ahí estaba la muerte y no había otra actitud que asumirla.
Lázaro, sabiendo que yo me sentía muy mal, voló a Miami y me trajo inconsciente al New York Hospital. Fue un gran problema, según él mismo me contó, ingresarme, pues yo no tenía seguro médico. Lo único que tenía en el bolsillo era la copia del testamento que le había enviado a Jorge y Margarita. Mientras yo casi agonizaba, los médicos me negaban la admisión puesto que no tenía con qué pagar. Afortunadamente había allí un médico francés, a quien Jorge y Margarita conocían, que me ayudó a ingresar en el hospital. De todos modos, según me dijo otro médico, el doctor Gilman, tenía sólo un diez por ciento de sobrevida.
Fui ingresado en la sala de emergencias donde todos estábamos en estado de agonía. De todas partes me salían tubos: de la nariz, de la boca, de los brazos; en realidad parecía más un ser de otro mundo que un enfermo. No voy a contar todas las peripecias que padecí en el hospital. El caso es que no me morí en esos instantes como todos esperábamos. El mismo médico francés, el doctor Olivier Ameisen (un excelente compositor musical por lo demás), me propuso que yo le escribiese letras de algunas canciones para que él les pusiera música. Yo, con todos aquellos tubos y con un aparato de respiración artificial, garrapateé como pude el texto de dos canciones. Olivier iba a cada rato a la sala del hospital, donde todos nos estábamos muriendo, a cantar las canciones que yo había escrito y a las que él había puesto música. Iba acompañado de un sintetizador electrónico, un instrumento musical que producía todo tipo de notas e imitaba cualquier otro instrumento. La sala de emergencias se pobló de las notas del sintetizador y de la voz de Olivier. Considero que sus dotes como músico eran muy superiores a las de médico. Yo, desde luego, no podía hablar; tenía además en la boca un tubo conectado a los pulmones. En realidad estaba vivo porque aquella máquina respiraba por mí, pero pude, con un poco de esfuerzo, escribir mi opinión en una libreta acerca de las composiciones de Olivier. Me gustaban en verdad aquellas canciones. Una se titulaba Una flor en la memoria y la otra, Himno.

Lázaro me visitaba a cada rato. Iba con una antología de poesía, abría el libro al azar y me leía algún poema. Si el poema no me gustaba, yo movía los tubos instalados en mi cuerpo y él me leía otro. Jorge Camacho me llamaba desde París todas las semanas. Se estaba traduciendo El portero al francés y Jorge me pedía consejo sobre algunas palabras difíciles. Al principio yo sólo podía responder con balbuceos. Después mejoré un poco y me trasladaron a una habitación privada. Aunque no podía moverme, era una suerte estar en una habitación; por lo menos tenía un poco de paz. Además, ahora ya me habían quitado el tubo de la boca y podía hablar. Así se terminó la traducción de El portero.
Al cabo de tres meses y medio me dieron el alta. Casi no podía caminar, y Lázaro me ayudó a subir a mi apartamento, que por desgracia está en un sexto piso sin ascensor. Llegué con trabajo hasta allá arriba. Lázaro se marchó con una inmensa tristeza. Ya en la casa, comencé como pude a sacudir el polvo. De pronto, sobre la mesa de noche me tropecé con un sobre que contenía un veneno para ratas llamado Troquemichel. Aquello me llenó de coraje, pues obviamente alguien había puesto aquel veneno para que yo lo tomara. Allí mismo decidí que el suicidio que yo en silencio había planificado tenía que ser aplazado por el momento. No podía darle ese gusto al que me había dejado en el cuarto aquel sobre.
Los dolores eran terribles y el cansancio inmenso. A los pocos minutos, llegó René Cifuentes y me ayudó a la limpiar la casa y a comprar algo de comer. Después me quedé solo. Como no tenía fuerzas para sentarme a la máquina, comencé a dictar en una grabadora la historia de mi propia vida. Hablaba un rato, descansaba y después seguía. Había empezado ya, como se verá más adelante, mi autobiografía en Cuba. La había titulado Antes que anochezca, pues la tenía que escribir antes de que llegara la noche ya que vivía prófugo en un bosque. Ahora la noche avanzaba de nuevo en forma más inminente. Era la noche de la muerte. Ahora sí que tenía que terminar mi autobiografía antes de que anocheciera. Lo tomé como un reto. Y seguí así trabajando en mis memorias. Yo grababa un casete y se lo daba a un amigo, Antonio Valle, para que lo mecanografiara.
Había grabado ya más de veinte casetes y aún no anochecía.
En la primavera de 1988 salió El portero en Francia. Fue un éxito de crítica y de publicidad. La novela había quedado finalista, junto con otras dos, en el premio Médicis a la mejor novela extranjera. La editorial me mandó un pasaje de avión, pues yo había sido invitado a participar en el programa Apostrophes en la televisión francesa. Era el programa cultural de más audiencia en Francia y se trasmitía en vivo por toda Europa. Acepté la invitación sin siquiera saber si podía o no bajar las escaleras de mi casa y llegar al avión. Pero el estímulo de mis amigos Jorge y Margarita creo que me ayudó. Llegué a París y me presenté al programa. Casi nadie sabía que mientras yo hablaba en aquel programa que duraba una hora o más, en realidad yo estaba al borde de la muerte. Me pasé unos días en París y regresé a mi autobiografía. Mientras trabajaba en ella, revisaba la excelente traducción que Liliane Hasson me hacía de La loma del Angel, una parodia sarcástica y amorosa de la Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde.
Pero las calamidades físicas no se detenían; por el contrario, avanzaban rápidamente. Volvía a contraer una clase de neumonía denominada PCP, que era la misma que había contraído antes. Ahora las posibilidades de escapar con vida eran menores, pues el cuerpo estaba más debilitado. Sobreviví a la pulmonía, pero allí mismo, en el hospital, contraje otras enfermedades terribles, como cáncer, sarcoma de Kaposi, flebitis y algo horrible llamado toxoplasmosis, que consiste en un envenenamiento de la sangre en el cerebro. El mismo médico que me atendía, el doctor Harman, creo que me miraba con tanta pena que yo a veces trataba de consolarlo. De todos modos sobreviví entonces a aquellas enfermedades o por lo menos al estado de mayor gravedad. Tenía que terminar la Pentagonía. En el hospital comencé a escribir la novela El color del verano. Tenía en las manos distintas agujas con suero, por lo que me era un poco difícil escribir, pero me prometí llegar hasta donde pudiera. No comencé esta novela (para mí fundamental del ciclo) por el principio, sino por un capítulo titulado «Las tortiguaguas». Cuando salí del hospital terminé mi autobiografía (con excepción, desde luego, de esta introducción) y continúe trabajando en El color del verano. También trabajaba conjuntamente con Roberto Valero y María Badías en la revisión de la quinta novela de la Pentagonía, El asalto. En realidad se trataba de un manuscrito escrito en Cuba atropelladamente para poder sacarlo del país. Lo que Roberto y María hicieron fue una labor de traducción de un idioma casi ininteligible al español. El caso es que la novela se terminó de pasar en limpio y engrosó mis originales en la biblioteca Firestone de la Universidad de Princeton, donde pueden ser consultados.
En esos días llegó mi madre de Cuba, con esos permisos taimados que da Castro a las personas mayores para recaudar dólares. No me quedó más remedio que viajar a Miami. Mi madre no notó que me estaba en verdad muriendo y yo la acompañé a que hiciera todas sus compras. No le dije nada de mi enfermedad, y ni siquiera a estas alturas (mediados de 1990), le he dicho nada. Contraje de nuevo en Miami otra pulmonía. Llegué a Nueva York directo para el hospital. Salí y me fui a España, a la casa de campo de Jorge y Margarita. Allí podía respirar aire puro.
Recuerdo que, estando en casa de Jorge en la finca Los Pajares (era entonces el otoño de 1988), se nos ocurrió la idea de hacer una carta abierta a Fidel Castro solicitándole un plebiscito, más o menos como el que se le había hecho a Pinochet. Jorge me dijo que redactara la carta y los dos nos dimos a la tarea. Luego la firmamos él y yo: aunque no consiguiéramos más firmas, se la enviaríamos con nuestras dos modestas firmas. No fue así; conseguimos miles de firmas, incluyendo las de ocho personas que habían recibido el Premio Nobel.[1] Desatamos una labor tremenda en aquella finca donde no había ni agua corriente ni luz eléctrica. La carta se publicó en los periódicos y fue un golpe terrible para Castro, pues puso en evidencia que su dictadura era aún peor que la de Pinochet, pues él jamás iba a hacer elecciones libres. Los que todavía ingenuamente pretenden sostener un diálogo con Castro deberían recordar su reacción a esta carta, pues llamó a sus firmantes «agentes de la CIA» primero, y luego «hijos de puta». Obviamente Castro sólo tiene ahora una salida, el diálogo con el exilio para seguir en el poder. Lo increíble es que muchas personas del exilio, consideradas intelectuales, están a favor del diálogo. Eso es desconocer completamente la personalidad de Castro y sus ambiciones. Claro está que Castro desde Cuba ha creado comités pro-diálogos, y esas personas se hacen pasar hasta por presidentes de comités de derechos humanos. De una parte están los agentes de Castro, fuera y dentro de Cuba, trabajando en su favor; de otra, los ambiciosos con ansias de figurar; y de otra aún, los canallas que piensan «sacarle alguna lasca» al negocio del diálogo.
Algún día, desde luego, el pueblo derrocará a Castro y lo menos que hará será ajusticiar a los que impunemente colaboraron con el tirano. Las personas que promueven un diálogo con Castro, a sabiendas (como lo saben todos) de que Castro no abandonará el poder por las buenas y lo que necesita es una tregua y una ayuda económica para fortalecerse, son tan culpables como los esbirros que torturan y asesinan al pueblo, o tal vez más, pues en Cuba se vive bajo el terror absoluto. Fuera, por lo menos se puede optar por cierta dignidad política. Todos estos figurones que sueñan con aparecer en las pantallas de televisión dándole la mano a Fidel Castro y en convertirse en figuras políticas relevantes, deben tener sueños más objetivos: deben soñar con una cuerda de la cual se balancearán en el Parque Central de La Habana, pues el pueblo de Cuba, en su generosidad, cuando llegue el momento de la verdad, los ahorcará. Así morirán a gusto, pues no habrá habido al menos con ellos ningún derramamiento de sangre. Tal vez ese acto de justicia sirva de ejemplo para el futuro, pues Cuba es un país que produce canallas, delincuentes, demagogos y cobardes en relación desproporcionada a su población.
Volviendo al plebiscito: lo firmaron varios presidentes constitucionales y numerosas intelectuales de todas las tendencias políticas. Eso físicamente me trajo más problemas, pues mi apartamento se llenó de fotógrafos y periodistas. Casi no podía hablar, pues el cáncer ya se había posesionado de mi garganta, aunque tuve que aparecer hasta en la televisión. Por otra parte, aún no había terminado El color del verano, novela que resume gran parte de mi vida, especialmente mi juventud, todo desde luego en forma imaginativa y desenfrenada. También es una obra que cuenta la historia de un dictador envejecido y enloquecido, y que toca descarnadamente el tema homosexual, tema tabú para casi todos los cubanos y para casi todo el género humano. La obra se desarrolla en un gran carnaval en el que el pueblo logra desprender la Isla de su plataforma insular y marcharse con ella como si fuera un bote. Ya en alta mar, nadie se pone de acuerdo sobre el paradero y el tipo de gobierno a elegir. Se desata un enorme guirigay al estilo cubano y la Isla, en medio de aquel pataleo, como no tiene plataforma, se hunde en el mar.
En medio todavía de esta novela de más de seiscientas páginas, también revisé la trilogía poética Leprosorio, que ya está en impresión, y la excelente traducción al inglés que hizo Dolores M. Koch de El portero, que saldrá próximamente.
Veo que llego casi al fin de esta presentación, que es en realidad mi fin, y no he hablado mucho del SIDA. No puedo hacerlo, no sé qué es. Nadie lo sabe realmente. He visitado decenas de médicos y para todos es un enigma. Se atienden las enfermedades relativas al SIDA, pero el SIDA parece más bien un secreto de Estado. Sí puedo asegurar que, de ser una enfermedad, no es una enfermedad al estilo de todas las conocidas. Las enfermedades son producto de la naturaleza y, por lo tanto, como todo lo natural no es perfecto, se pueden combatir y hasta eliminar. El SIDA es un mal perfecto porque está fuera de la naturaleza humana y su función es acabar con el ser humano de la manera más cruel y sistemática posible. Realmente jamás se ha conocido una calamidad tan invulnerable. Esta perfección diabólica es la que hace pensar a veces en la posibilidad de la mano del hombre. Los gobernantes del mundo entero, la clase reaccionaria siempre en el poder y los poderosos bajo cualquier sistema, tienen que sentirse muy contentos con el SIDA, pues gran parte de la población marginal que no aspira más que a vivir y, por lo tanto, es enemiga de todo dogma e hipocresía política, desaparecerá con esta calamidad.
Pero la humanidad, la pobre humanidad, no parece que pueda ser destruida fácilmente. Ha valido la pena haber padecido todo esto, pues por lo menos he podido asistir a la caída de uno de los imperios más siniestros de la historia, el imperio estalinista.
Además, me voy sin tener que pasar primero por el insulto de la vejez.
Cuando llegué del hospital a mi apartamento, me arrastré hasta una foto que tengo en la pared de Virgilio Piñera, muerto en 1979, y le hablé de este modo: «Óyeme lo que te voy a decir, necesito tres años más de vida para terminar mi obra, que es mi venganza contra casi todo el género humano». Creo que el rostro de Virgilio se ensombreció como si lo que le pedí hubiera sido algo desmesurado. Han pasado ya casi tres años de aquella petición desesperada. Mi fin es inminente. Espero mantener la ecuanimidad hasta el último instante.
Gracias, Virgilio.
Nueva York, agosto de 1990
[1] Cf. Un plebiscito a Fidel Castro, R. Arenas y J. Camacho, Betania, Madrid, 1990.
“Antes que anochezca” - Reinaldo Arenas
© Reinaldo Arenas
Foto: París, 1986 © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis